Cómo capturé el mundo de Ignacio Valdis

Cuando me propuse escribir Ignatius-Valdis, mi objetivo era simple: construir un mundo que se sintiera vivido, intenso en acción y lo suficientemente íntimo como para que los lectores se perdieran dentro de la simulación. Esta historia se dirige a un público de ciencia ficción ávido de dinamismo —explosiones, maniobras desesperadas y el repiqueteo de los tacones de las botas sobre las cubiertas de aleación— al tiempo que recompensa a los lectores que quieren que los sistemas, el linaje y la sociedad importen tanto como los tiroteos. Para lograr ese equilibrio me concentré en tres esfuerzos interconectados: la mecánica del poder, la textura de la civilización y el peso emocional del conflicto. Centrales para el mundo son los Centuriones Excelianos de la Reserva de Fuego, soldados entrenados para operar dentro de una simulación hostil donde un virus voraz corroe el código y los cadáveres por igual. Los Excelianos no son un monolito; Su competencia emana de distintos linajes, cada uno con su propia lógica energética e identidad cultural: los linajes Angelus canalizan elementos más ligeros (luminosidad, orden, sutiles resplandores que pueden atravesar el caos y estabilizar sistemas en colapso), mientras que los linajes Deamone favorecen los elementos pesados ​​(densidad, gravedad, fuerza aplastante que remodela el terreno y destroza escudos), y los linajes Neutralus atemperan los extremos, mezclando o anulando fuerzas para armonizar o perturbar.

Regístrate para leer esta publicación
Únete ahora
Anterior
Anterior

¿Por qué los lectores leen ciencia ficción?

Próximo
Próximo

Cómo es escribir ciencia ficción